¡LA REINA HA MUERTO, VIVA EL REY!

La frase «¡El rey ha muerto, viva el rey!» – «¡Le roi est mort, vive le roi!»). Es una frase tradicional de la monarquía francesa, usada por primera vez en 1422 al morir Carlos VI y asumir su hijo Carlos VII. Hoy se usa simbólicamente para marcar transiciones de poder, muchas veces con tono irónico.

La condena a Cristina Fernández de Kirchner en la causa Vialidad, que la inhabilita de por vida para cargos públicos, representa un parteaguas simbólico y estratégico para el peronismo. Algunos se animan a murmurar de que Cristina deja de ser el eje de un movimiento con múltiples identidades y estructuras militantes que orbitan en torno a su figura. 

En este nuevo escenario, el que levanta la corona caída (aunque no sin resistencias y gestos de incomodidad en buena parte del movimiento), es Axel Kicillof, actual gobernador de la provincia de Buenos Aires. Kicillof ha logrado consolidar poder territorial y adhesión popular, especialmente en los sectores más golpeados por las políticas de ajuste del gobierno nacional.

¿El fin de la Cámpora?

La Cámpora, agrupación emblemática del kirchnerismo, enfrenta un dilema estratégico. Fundada al calor del «vamos por todo» y con Cristina como jefa política indiscutida, su identidad se forjó desde la militancia combativa, el relato épico y una fuerte impronta generacional. Sin Cristina en la boleta, el vacío simbólico no se llena con facilidad. Por ahora, sus principales referentes, Máximo Kirchner, Wado de Pedro, Andrés Larroque,  oscilan entre dos posiciones: por un lado, el respaldo explícito a Kicillof como figura emergente; por otro, la tentación de replegarse sobre sus bases y resistir cualquier reorganización que amenace con diluir la herencia cristinista.

Mientras tanto, otros sectores del peronismo territorial, intendentes del conurbano, sindicatos y movimientos sociales,  ya miden sus fuerzas para ver quién tiene más poder real en el reacomodamiento que se viene. La incógnita está abierta: ¿Será Axel el nuevo “monarca†del movimiento o apenas un interregno hasta que surja otra opción del núcleo más puro del peronismo?

Lo cierto es que todo el arco político ha entrado, una vez más, en estado de mutación. Se abren disputas por herencia, se desatan viejas rencillas disfrazadas de renovación y reaparecen figuras que hasta ayer se escondían detrás del dedazo de Cristina. El trono está vacío, y en el peronismo eso no genera reflexión, sino hambre. Lo que viene no es una transición ordenada, sino una guerra de trincheras entre leales, oportunistas y enterradores precoces.

 Â¡Ne lapidez pas le journaliste!